Orfeo *Mito*

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Orfeo *Mito*

Mensaje  Invitado el Lun Mar 30, 2009 5:22 pm

A Orfeo se le asocia con una de las más bellas artes de todos los tiempos, es decir, con la música. Se dice que el dios Apolo le regaló una lira con siete cuerdas y que el propio Orfeo añadió dos más a este instrumento, con lo que logró sacar unos sonidos y unas melodías que amansaban a las fieras. El canto con el que acompañaba la suave música que emanaba de aquel instrumento tenía la particularidad de hacer que árboles y montes acogieran, y protegieran, al joven Orfeo de cualesquiera peligros que pudieran sobrevenirle. La leyenda ha recogido, incluso, unos hechos tan líricos como aquellos que narran la historia del robledal de la Tracia en el que los árboles que lo componen danzan, hasta el día de hoy, por efecto de la melodía que salió de la lira del joven y bello Orfeo un día ya muy lejano.

Se cuenta también que hasta los humanos se sentían mejor, y su carácter se dulcificaba, cuando escuchaban los serenos sonidos que salían de la lira del bello efebo Orfeo. Música y poesía se han fundido, a través de los tiempos, en la cítara y la lira que Orfeo perfeccionó, dotándolas de nueve cuerdas en memoria de las "nueve Musas", ya que él mismo fue engendrado por la más principal de todas ellas: por la musa Calíope.

Una serie de avatares míticos se resolverán felizmente merced a la intervención de Orfeo con sus instrumentos musicales. Por ejemplo, según narran las crónicas clásicas, cuando la expedición de los Argonautas tenía dificultades debido al mar embravecido, el joven Orfeo, que se encontraba presente en la citada expedición, arrancaba tales sonidos armónicos a su cítara, y entonaba tan desgarradoras canciones, que las aguas se calmaban y el mar entero se quedaba en calma. De este modo, los expedicionarios pudieron seguir su camino hacia la región de la Cólquida. Ellos buscaban la preciada piel del mítico carnero que, según las narraciones clásicas, nació de la unión entre Poseidón y Teófane, dando lugar a la leyenda del Vellocino de Oro. Un gigantesco y fiero dragón custodiaba el citado trofeo y no dejaba acercarse a nadie hasta el Vellocino de Oro pero, la lira y la cítara de Orfeo, suavemente manejadas por el joven, trocaron en mansedumbre la ferocidad del dragón y, de este modo, el jefe de la expedición, el osado Jasón, lograría matar al monstruo.

Muchas ocasiones tuvo Orfeo para calmar con su cítara y su lira la furia desatada de numerosos animales salvajes. Y, a menudo, los mortales fueron librados del ataque de esas agresivas fieras que, al oír la música emanada de los instrumentos manejados con maestría por el joven Orfeo, enseguida abandonaban sus cuevas y guaridas y se volvían, al propio tiempo, dóciles y mansos. El casomás conocido courrió cuando Orfeo logró amansar al perro Cerbero que vigilaba la entrada a la región subterránea del Tártaro.

Orfeo bajaba allí en busaca de su bella esposa, la ninfa Eurídice. Cuentas las crónicas que la joven muchacha perdió la vida cuando huía del acoso de sus pretendientes, concretamente de Aristeo, el hijo de Cirene y Apolo que, según la tradición, fue cuidado por las Musas y al que ellas enseñaron el arte de la curación y de la adivinación. En la huida, Eurídice tuvo tan mala fortuna que, en su alocada carrera, vino a tropezar con una enorme serpiente. El animal clavó, al instante, sus venenosas fauces en la rosada piel de Eurídice causándole la muerte. Grande fue el desconsuelo de Orfeo, quien decidió bajar al Tártaro, armado con su lira, para rescatar a su amada.

Nadie había vuelto hasta entonces de los dominios de Hades. Sin embargo, Orfeo, llevando como único equipaje su canto y su música, llegó hasta la misma puerta del Tártaro y traspasó su umbral, con el permiso expreso del fiero Cerbero. Después de deleitar con su cítara y sus canciones al propio Hades le rogó que permitiera salir a Eurídice del Tártaro, a lo cual accedió la terrible deidad, con la condición de que el joven músico no mirara hacia atrás, para comprobar que le seguía su amada, mientras no se hallaran ambos fuera de aquellos lugares infernales. Aceptó Orfeo tales planteamientos y se dispuso a caminar hacía la salida del Tártaro; cuando ya casi se hallaba fuera de aquella región oscura, sintió la necesidad de comprobar si su querida Eurídice le seguía y, sin acordarse de la condición que le habían impuesto, volvió la cabeza para mirar. Mas sólo alcanzó a ver, entre asustado y atónito, cómo su amada se convertía en humo y desaparecía para siempre.

Se dice que Orfeo, después de abandonar el Tártaro, y una vez que ya se hubo resignado a la irreparable pérdida de Eurídice, se dedicó a explicar la manera de hallar el camino que conducía a los dominios de Hades y, así, mostró a las almas de los mortales los escondidos vericuetos que desembocaban en la orilla misma del Aqueronte, el oscuro río que acotaba la región del Tártaro y cuyas turbias aguas sólo podían ser atravesadas en la barca de Caronte.

El héroe aún hizo otro intento de bajar a los infiernos pero, esta vez, no consiguió sus propósitos. Permaneció durante siete días y siete noches en la ribera misma del pestilente río Aqueronte a la espera de que el barquero de la muerte lo transportara hasta la puerta misma de las regiones subterráneas que ya había visitado antes. Todo resultó fallido, y Orfeo se resignó a la pérdida de su amada y, al propio tiempo, entró en una especie de apatía que le conduciría a la muerte. Después que nuestro héroe hubo abandonado aquellos lugares de perdición, se encaminó hacia las montañas situadas en lo más apartado de la región de Tracia. Buscaba la soledad para aliviar su pena y calmar su dolor.

La única compañía que Orfeo aceptaba de buen grado era la de los animales que habitaban en aquella zona tan inhóspita de Tracia. Ellos se le acercaban mansamente cuando oían la música que salía de su cítara. Mas pronto dieron con el refugio del joven efebo algunas mujeres que, en principio, pretendían consolarle aunque, en realidad, lo que intentaban era hacer olvidar a Orfeo todo recuerdo antiguo y penoso, y conquistarlo con sus encantos. Pero, el joven, había decidido no tener ninguna relación con otras mujeres.

Cuenta la tradición que las mujeres que moraban en aquella zona de Tracia, sintiéndose rechazadas por el joven efebo y, despechadas y dolidas, decidieron esperar hasta las fechas en honor de Dionisos o Baco y vengarse. Y así fue como, una vez convertidas en bacantes, las mujeres tracias cometieron el más horrendo crimen de la historia pues no sólo mataron a Orfeo, sino también a todos sus adeptos.

Hay muchas versiones sobre el mito de Orfeo, aunque siempre las consecuencias y el desenlace final fueron los mismos. Sin embargo, también es interesante considerar una de ellas porque permite conectar a este héroe con Rea. El caso es que, según cierta tradición, Orfeo había instituido unos misterios, al volver del Tártaro, denominados "Misterios de Rea" y había prohibido el acceso de su conocimiento a las mujeres.

Entonces, una noche que los hombres tenían reunión para dilucidar sobre el contenido ritual de los citados misterios, las mujeres de la Tracia los siguieron hasta el lugar de los hechos y como vieran que aquéllos abandonaban sus armas antes de adentrarse en el recinto en que celebraban su liturgia, se las robaron y mataron a Orfeo y a sus acompañantes sin contemplación alguna. Cortaron la cabeza del joven y la arrojaron a las aguas del caudaloso río Hebro, que nacía en las profundidades de dos míticas montañas envueltas en un halo de leyenda, pues se decía que personificaban al matrimonio formado por la bella Ródope y el joven Hemo. Se decía de esta pareja, que, por suplantar a los dioses del Olimpo, y exigir un culto propio para sí, fueron castigados por Zeus a metamorfosearse en dos montañas contiguas que albergarían en sus profundidades límpidas corrientes de agua que, al salir a la superficie, formaría el caudaloso río Hebr, cuna de la lírica a su paso por Lesbos.

El caso es que tan aberrante comportamiento de las mujeres tracias aparecía relacionado con la aptitud despreciativa que el músico Orfeo tenía para con ellas pues, como todo el mundo sabía por entonces, le atraían más los muchachos que las muchachas. Y esto provocaba la ira de las mujeres tracias. Otra versión del mito de la muerte de nuestro héroe nos aclara que fue el mismo dios Dionisos o Baco quien enfrentó a las bacantes con Orfeo porque temía que los misterios que el joven había instituido podían desbancar a las fiestas erigidas en honor de él, el dios del vino.

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