Mito de Meleagro y Atalanta (un mito donde demuestra que la diosa perra no lo es solo en los libros de Kenyon)

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Mito de Meleagro y Atalanta (un mito donde demuestra que la diosa perra no lo es solo en los libros de Kenyon)

Mensaje  Invitado el Lun Mar 30, 2009 5:39 pm

Eneo fue un famoso rey del territorio de Etolia, concretamente de la ciudad de Calidonia. Fue un soberano legendario, sobre todo porque de él se cuenta que introdujo, por mediación de Dionisos, la vid y el vino en Grecia. Este regalo de Dionisos también puede estar relacionado con lo que se dice que hubo entre el dios y la esposa de Eneo, ya que fue un hombre que no tuvo mucha suerte con su vida. Dicen que estuvo no muy felizmente casado con Altea, debido a la aventura de Altea con Dionisos, y a las menos explicables reacciones de uno u otro de ellos con respecto a sus tres hijos.

El matrimonio vivía, naturalmente, en la ciudad de Calidonia y tuvieron tres hijos, todos con esa rara mezcla de desgracias y dones que da la mitología de un modo tan singular. El primero, Toxeo, no vivió mucho, ya que Eneo decidió matarlo personalmente, sin vacilar ni un segundo, para escarmentarlo por su falta de delicadeza con la tradición de la ciudad y con sus intereses militares. Toxeo se había puesto a juguetear sobre las amuralladas defensas de la ciudad y terminó por dar un salto sobre el foso que la rodeaba, lo que debió ser interpretado como un desprecio a las escasas posibilidades estratégicas de la fortificación y una mala forma de animar a los enemigos del reino al ataque. El segundo, Meleagro, fue un guerrero que alcanzó la inmoralidad, pero tuvo un fin trágico, en el que su madre tuvo bastante que ver, ya que ella misma se encargó de maldecirlo y hacer que sus días terminasen en los infiernos. La muy bella Deyanira también fue una famosa hija del matrimonio, al menos nominalmente, puesto que se afirmaba que más bien era el fruto de la unión de Altea con Dionisos, aunque Eneo no la desdeñara como hija. Deyanira terminaría siendo, por la fraternal intercesión de Meleagro, cuando se encontró en el infierno con el héroe, la esposa de Hércules y protagonista de célebres narraciones y, cómo no, otro personaje justamente marcado por la tragedia.

A la fuerza hay que mezclar la vida de Meleagro, hijo de Eneo y Altea, con la de Atalanta, la doncella aventurera y altiva. Y hay que mezclarlas, porque el mito de una y otro es el mismo y uno sólo. Pero antes de llegar a ese encuentro, habrá que hacer constar que Meleagro, a la semana de su nacimiento, recibió la visita de las Parcas. Su madre, la reina Altea, fue informada de que existía una posibilidad cierta de tener un hijo inmortal y la fórmula de esa inmortalidad era muy sencilla, bastaba con evitar que un leño no se consumiera en el fuego.

Altea hizo lo aconsejado. Se fue al hogar, sacó el citado leño de allí y lo guardó con toda clase de precauciones, para evitar que nadie lo volviera a echar al fuego por equivocación. Ahora podía estar segura de que su segundo varón iba a compartir la suerte de los dioses para la que había sido elegido. Y Meleagro creció y se convirtió en un apuesto mozo y en un extraordinario guerrero, de excelente destreza y puntería con la lanza. Meleagro fue, ademas, un muchacho bueno, correcto y disciplinado, pero nada de eso importaba para ser seleccionado por los dioses como víctima propiciatoria de un olvido de su padre. Eneo descuidó celebrar un a ritual a Artemisa al realizar sus ofrendas habituales de la nueva cosecha, es decir, no incluyó a la diosa de los bosques entre los beneficiarios de los primeros frutos recogidos. Quien sí se percató del olvido fue Helios, el vigía solar, que aprovechó la ocasión para ir con el cuento a la implacable diosa Artemisa.

Ni Eneo ni ningún mortal podrían haber supuesto que la diosa iba a enfurecerse con él de aquella manera tan terrible como lo hizo y que, además, su furia iba a ser la causa del sufrimiento eterno de su único hijo superviviente. Aunque parezca cruel Artemisa, no hay que olvidar que igualmente se portó Eneo al sentenciar implacablemente a su primogénito Toxeo, castigándole con la pena de muerte por su juego infantil, y no sintiendo tampoco ningún remordimiento al ejecutar la sentencia con sus manos.


Artemisa decidió castigar al rey de Calidonia por haber olvidado celebrar un ritual en su honor. Le envió un jabalí impresionante que arrasara sus campos y masacrara el ganado, sin perdonar ni siquiera a los pastores que lo cuidaban, o a los pobres labradores que trabajaban las tierras de Etolia. Y todo porque de esos campos y de esos animales de Etolia, su rey no había recordado apartar y ofrecer algunos específicamente a la furibunda Artemis, mientras que al resto de los olímpicos sí les había llegado su correspondiente turno ritual. Eneo, aunque no llegaba a comprender la razón de la súbita y devastadora presencia animal, desconcertado al ver lo que estaba sucediendo en su reino tras la inesperada llegada de la sorprendente bestia a sus tierras, buscó un voluntarioso cazador que estuviera dispuesto, a acabar de una vez por todas con el azote del jabalí, prometiéndose al triunfador de la peligrosa misión el honor de ser reconocido como singular cazador de la aterrorizadora fiera.

Muchos fueron los cazadores de renombre que se presentaron a la llamada del angustiado rey Eneo. Todos parecían estar tremendamente interesados en convertirse en protagonistas de ese combate con el feroz jabalí. Los cronistas no hablan de Cástor y Pólux, de Jasón, de Teseo, de Néstor, y de muchos más nombres de personajes célebres. Pero quien más nos interesa es la altiva y virginal Atalanta, una doncella especialmente dotada para la caza, hija no querida de Yaso y Clímene, abandonada por su padre, con la connivencia supuesta de la madre, por no ser el varón tan deseado. Artemisa se apiadó de la niña y envió a una osa para que la amamantara y cuidase de ella hasta que se hiciera lo suficientemente grande como para poder empezar a moverse por su cuenta.

Más tarde, unos cazadores dieron con la criatura y la acogieron entre ellos. Con esa compañía, la jovencita se convirtió también en cazadora, como sus tutores y como la propia diosa Artemisa, que fue quien hizo posible que continuase con vida la abandonada Atalanta. La joven era muy hermosa y atractiva, pero bien sea que, al estar bajo el cuidado de Artemisa, o por conocer cuál había sido la vergonzosa actitud de su padre, se había convertido asimismo en una inflexible virgen, y no dejaba que ningún pretendiente se acercase ni remotamente a ella.

Atalanta también fue una de esas personalidades que se trasladaron a la corte de Eneo para ofrecerse como cazadores del jabalí, precisamente enviada por su protectora Artemis. La presencia de la joven no fue demasiado bien recibida por alguno de los bravos varones, que no veían con buenos ojos tal rivalidad, máxime sabiendo que Atalanta les podía dejar muy atrás en la pugna por alcanzar la gloria. Pero el rey y, sobre todo, su hijo Meleagro, que quedó prendado de la hermosura de la cazadora, aceptó de muy buena gana su participación y la caza dio comienzo.

Cuando e dio caza al jabalí, quedó acorralado entre Atalanta, Meleagro, Anfiarao, Néstor, Peleo, Jasón, Ificles, Telamón, Anceo, Teseo, Euritión y otros más. El jabalí mató e hirió a tres o cuatro de sus perseguidores; puso en fuga a Néstor y terminó siendo acosado por un grupo que se cerraba desordenadamente sobre él. Ificles, el hermanastro de Hércules, lanzó su lanza y apenas acertó con el animal, pero lo hizo mejor y antes que el resto de sus compañeros de cacería, ya que hasta Jasón falló en su tiro. Atalanta aprovechó la ocasión y, tensando su arco y apuntando con precisión, consiguió ser quien primero clavase una flecha en el jabalí, aunque fuese en la oreja del animal, nada más. El jabalí salió corriendo del lugar, no sin haberse llevado por delante a Anceo y haber recibido otro flechazo más certero de Anfiarao.

La confusión era atroz, los presuntos cazadores se habían herido y hasta matado entre ellos mismos, como sucedió con Euritión, que fue muerto por un error de Peleo en la confusión que siguió a los primeros instantes. Finalmente, Meleagro acertó con una flecha al jabalí, justo de modo que pudo aprovechar su desfallecimiento, acercarse a él y rematarlo con su lanza. Acto seguido, el joven enamorado desolló a la bestia y se fue con la piel hacia Atalanta, declarando que era ella quien debía recibir el trofeo, puesto que ella era quien primero había herido a la presa. La decisión de Meleagro levantó ampollas entre los presentes. A todos les había preocupado desde el principio la competencia de Atalanta y ahora Meleagro les humillaba doblemente, ya que el vencedor cedía desinteresadamente su premio y, lo que era aún peor, hacía público el triunfo de la mujer cazadora, pasando por encima de ellos y de su honor de hombres afamados.

Había ya quien decía que la primera herida, aunque hubiera sido mínima, era la producida por el tiro de Ificles, el hijo de Anfitrión y Alcmena. También decía el arrogante Pléxipo, tío de Meleagro por parte de su madre, que él, como pariente de mayor categoría, debería ser el receptor de aquella piel que Meleagro rechazaba, mientras que su otro tío, hermano menor de Altea y Pléxipo, insistía en que el honor debía recaer en Ificles, por ser el causante de la primera sangre derramada.

Meleagro, no pudiendo aguantar por más tiempo la necia perorata de sus tíos, que no querían darse cuenta de su homenaje de amor hacia Atalanta, ni tenían tan siquiera la dignidad de dejar de reclamar lo que él, como vencedor, había legítimamente cedido, mató a sus tíos sin pensarlo más. Pero Meleagro había matado a los hermanos de su madre y ésta no era tampoco una persona que perdonase. Como su marido Eneo, Altea no dudaba en anteponer sus principios de rango sobre la condición filial y lo maldijo al instante, arrojando al fuego el leño que guardaba desde la infancia como garantía de la inmortalidad del hijo.

En otras versiones del mito, se afirma que Meleagro, así convertido en blanco del odio de otros hermanos de Altea y Pléxipo, vio como éstos se lanzaban contra Calidonia, aprovechando que había quedado proscrito por su madre y no podía alzarse en armas para defenderla. El ataque fue tan sangriento que Cleopatra exigió a su marido que abandonase su reclusión y se lanzara contra los asaltantes. Así lo hizo, matando a los otros tíos restantes, y casi poniendo en fuga a la tropa enemiga con su actuación al frente de las fuerzas de la ciudad. La rebelde reacción de Meleagro aumentó en mayor medida el odio de la madre hacia él. Altea, ahora dispuesta por propia iniciativa a darle una lección mortal al hijo, u ordenada por las Parcas a actuar de esta forma, sólo tenía que hacer una cosa: sacar el leño de su escondrijo y arrojarlo al fuego. Eso fue lo que hizo, y mientras el leño crepitaba en la chimenea, de igual manera se consumía la vida de Meleagro, hasta quedar acabado. Así sus enemigos pudieron hacerse con el control de la situación, al quedar el oponente sin jefe y encontrarse todo listo para la toma de la ciudad.

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