Hefesto, el dios del fuego

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Hefesto, el dios del fuego

Mensaje  Invitado el Lun Abr 13, 2009 11:13 pm

Hefesto ha sido siempre una deidad inherente al fuego, debido a que, desde tiempos inmemoriales, este elemento esencial se ha relacionado con lo divino. El propio Homero denominaba Hefesto al fuego e identificaba a ambos: “Ardió tu cadáver adornado con vestidura de dios, con gran cantidad de ungüento y de dulce miel; agitáronse con sus armas multitud de héroes aqueos, unos a pie y otros en carros, en torno de la pira en que te quemaste; y prodújose un gran tumulto. Después que la llama de Hefesto acabó de consumirte, ¡oh, Aquiles!, al apuntar el día, recogimos tus blancos huesos y los echamos en vino puro y ungüento.”

También en otros pasajes se le relaciona, a menudo, con actividades que el propio dios hacía para los demás compañeros del Olimpo. Fue Hefesto quien construyó el hermoso palacio del todopoderoso Zeus y quien realizó el ánfora en la que se depositaron los restos del héroe Aquiles y las armas de éste guerrero.
Acerca del origen, personalidad y atributos de Hefesto, hay versiones distintas. La más aceptada es aquella que afirma que es hijo de Zeus y de su legítima esposa Hera. Sin embargo, y según cuentan las más ancestrales leyendas, el fruto de la unión de tan egregios esposos no contribuyó al mejor entendimiento de ambos. Se dice que la cojera de Hefesto le sobrevino, precisamente, por tomar partido a favor de su madre Hera en una de estas violentas discusiones. Zeus, ciego de ira por lo que pensaba era una confabulación familiar contra él, habría arrojado del Olimpo a su propio hijo, haciéndole caer en la lejana isla de Lemnos. A consecuencia de tamaña violencia física, Hefesto se romperá las piernas y desde entonces será conocido como el "ilustre cojo de ambos pies".

En ocasiones, los dioses del Olimpo se burlaban de Hefesto a causa de su cojera y su desagradable aspecto. Tullido y feo, era objeto de continua mofa. Más lo curioso es que se hallaba casado con la bella Afrodita, diosa del amor; lo cual indica que Hefesto debía tener cualidades de las que carecían los demás dioses que lo ridiculizaban. Pues, de lo contrario, la mejor conocedora de los lances amorosos no habría accedido a ser su esposa.

Respecto al trabajo de Hefesto, o Vulcano para los romanos, en su legendaria fragua, será el gran poeta Virgilio quien más líricamente lo describa:

"A un lado de Sicilia, entre ella y Lípara, está una isla célebre, encumbrada sobre altísimas peñas que humean; debajo de la cual una gran cueva y muchas otras, como aquellas de Etna, con los ciclópeos fuegos carcomidas, retumban de continuo.

Allí mil yunques, con valientes golpes heridos, suenan con terribles truenos que en torno se oyen claros de muy lejos. Rechinan por las cóncavas cavernas barras y masas de encendido hierro; salen de mil hornazas vivas llamas: ésta es la casa y fragua de Vulcano y de él dicen "Vulcania" aquesta isla".

La tradición popular, no obstante, asocia la mítica Fragua de Vulcano con el volcán Stromboli, muy activo y en continua erupción siempre. De su cráter se decía que salían tales llamas que un pedazo de hierro que se dejara por la noche en sus aledaños, aparecería por la mañana ya forjado. Sería en este lugar donde Hefesto, después de ser expulsado del Olimpo, decide establecer su hogar y su fragua dentro de una ígnea caverna. Pero además cuentan las más antiguas narraciones clásicas que Prometeo robaría allí el fuego de los dioses.

En este mítico taller de Hefesto no sólo se forjaba el hierro, sino que también, el nutrido grupo de operarios a su mando, mantenía febril actividad en torno a la construcción de diversos objetos con materiales nobles. Y, así, pronto cumplimentarán encargos que quedaron grabados en la mitología como verdaderas obras de arte. Entre ellos se encuentra el más hermoso de los escudos que imaginarse pueda. Fue fabricado, por encargo de Afrodita, para defensa y orgullo del héroe Eneas. Era todo él de oro y sus relieves hacían alusión a un idílico tiempo futuro que no pudo cumplirse nunca. Contra él nada podían, ni flechas ni dardos enemigos:

"(...) y lánzale un dardo agudo y luego, tras de aquél, otro y otro y otro aprisa, y ándase en torno de él en ancho cerco; más el escudo de oro los para.”

Otra de las obras que salieron de la mítica fragua de Hefesto fue el radiante y ostentoso carro que conducía el hijo del titán Hiperión, es decir, Helios. Esta deidad personificaba al Sol y tenía por hermanas a la Aurora y a la Luna, llamada Selene. El hermoso carro de Helios iba acompañado por cuatro hermosos caballos que tiraban de él con inusitado brío y cuyos nombres hacían alusión al fuego, a la radiante luz, al calor y a la claridad: "Ardiente", "Resplandeciente", "Brillante" y "Amanecer".

Pero además no sólo será la elaboración de objetos lo que los relatos más legendarios atribuyan a Hefesto. También se dice de él que confeccionó una especie de muñecos de oro, tan semejantes a los propios mortales que no pocos, de entre los autores clásicos, los han identificado con los verdaderos seres humanos y su creación.

El gran cantor de mitos Homero habla, en "La Ilíada", de la cojera de Hefesto, en términos que difieren de lo establecido hasta entonces. Allí se describe la desazón de Hera ante la imagen de un hijo suyo que, apenas recién nacido, presenta rasgos físicos tan deformes. Había sido engendrado en tiempo de ira y discordia, cuando el egregio matrimonio del Olimpo protagonizaba violentas y continuas discusiones.

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Re: Hefesto, el dios del fuego

Mensaje  Invitado el Lun Abr 13, 2009 11:24 pm

Presa de un arrebato, del que se arrepentirá con posterioridad, la esposa del poderoso Zeus arroja a su hijo Hefesto al abismo del cosmos. Después de un día y una noche de caída, llega hasta el gran Océano. Allí lo recogieron las criaturas que en él habitan y lo cuidaron con mimo. Construyeron una cueva en las profundidades abisales y, dentro de ésta, instalaron una fragua con útiles varios para que Hefesto trabajara los metales más duros. Cuentan las crónicas que, durante más de nueve años, "el ilustre cojo de ambos pies", permaneció en tan afamado lugar dedicado a la tarea exclusiva de satisfacer todos los deseos de sus salvadoras. Las regaló con gran variedad de presentes salidos de su propia mano y realizó para ellas joyas de exclusivo diseño e incalculable valor.

Sin embargo, no tuvo los mismos sentimientos para con Hera, porque aunque se trataba de su propia madre, no podía perdonarle su desprecio. Durante mucho tiempo buscó la forma de vengarse de ella y, por fin, un buen día dio con la trampa adecuada: construir un trono fastuoso. Era tan hermoso, reluciente y cómodo que incitaba a sentarse a todo aquel que lo mirara. Se lo envió como regalo a su propia madre y, ésta, al momento se sintió atraída por tan singular sillón. Se sentó plácidamente y notó sus efectos relajantes; podía permanecer allí, serenamente, por espacio indescriptible y sin darse cuenta ni siquiera del paso del tiempo.

Mas, cuando Hera se dispuso a levantarse del mullido asiento, experimentó una tirantez que la impedía todo movimiento. Al punto comprobó que unas, hasta entonces invisibles, cadenas la cubrían por doquier y formaban como una especie de tupida red que la aprisionaba. Intentó todo tipo de tretas y artimañas para librarse de los efectos de semejante invento, pero de nada le sirvieron. Ya estaba pensando en resignarse, mientras pedía ayuda a los demás dioses del Olimpo, cuando cayó en la cuenta de que sólo Hefesto era capaz de construir tan sofisticado trono. Pensó que todo aquello formaba parte de un plan que su propio hijo había urdido para vengarse de ella. Recordó, entonces, su mal comportamiento para con él y, al sentirse atrapada, suplicó al resto de las deidades que intercedieran ante Hefesto para liberarla de tan apretadas ataduras.

Antes de acudir al más sagaz de los herreros, al "ilustre cojo de ambos pies", los dioses del Olimpo probaron todos los métodos posibles con el fin de liberar a Hera. Pero todo fue inútil. Ni siquiera el poderoso rayo de Zeus pudo dañar las cadenas que había fabricado Hefesto. Así que los dioses acabaron por pedir a Hefesto que regresara a la montaña idílica, de la cual había sido expulsado tiempo atrás sin ningún miramiento. Pero Hefesto no aceptó esta invitación, porque pensaba que los dioses no actuaban por propio convencimiento, sino coaccionados por el poder que ejercía la protagonista principal. Además de que él seguía recordando todos los momentos en los que se habían reído de él por su poco agraciado aspecto físico y su cojera.

Así que a los dioses no les quedó otra alternativa que maquinar un plan en el que contaron con la intervención de Dionisos. Esta deidad, que había descubierto el vino, fue a visitar a Hefesto a su colosal fragua. Este, a causa del calor que hacía allí, aceptó la bebida que su acompañante le ofrecía y la saboreo con fruición. Así fue como empezó a sentirse pleno de euforia y acompañó a Dionisos hasta el Olimpo. Entró montado sobre un asno y al punto se dirigió al lugar en donde Hera estaba encadenada y, con sabia mano, soltó todas las ataduras de su reluciente trono. Sólo así consiguió la diosa quedar libre de las cadenas que ahora yacían amontonadas en el suelo, a la vez, que conseguía reconciliarse con su hijo.

Sin embargo, no acabó tan felizmente su matrimonio con Afrodita, con la que mantuvo una relación tan dolorosa como con su madre Hera. Había sido Zeus, el rey del Olimpo, quien le había dado a Afrodita por esposa y aunque ésta en un principio no había aceptado de buen grado tal decisión, debido a la fealdad y la cojera de su futuro marido, luego dejó de ver con malos ojos al "ilustre cojo de ambos pies", una vez que ya lo había conocido y tratado.

Mas la belleza de Afrodita no pasaba inadvertida para el resto de los dioses y, una y otra vez, era asediada por pretendientes egregios, a cuyas solicitudes no oponía excesiva resistencia. Éste fue el caso de sus amores con Ares, que fue presa de tal obnubilación ante los encantos de Afrodita que decidió hacerla su amante y olvidar que era la esposa del mejor y más trabajador de los herreros que en el mundo, y en la leyenda, han existido.

Hefesto supo enseguida el engaño de que era objeto por parte de su hermosa esposa. Al decir de los narradores clásicos, fue informado al punto por Helios, es decir, el dios del Sol que, desde las alturas, todo lo escudriña. Sólo que además el traicionado marido decidió comprobar por sí mismo hasta donde llegaba tal encandilamiento y si era pasajero o, por el contrario, tenía trazas de perpetuarse en el tiempo.

Una vez que los sorprendió a "uno en brazos del otro" concluyó que les daría un escarmiento. Aunque los demás dioses del Olimpo acabaran riéndose de él en sus propias narices lo que más le preocupaba era vengarse de los dos amantes. Porque además debía tener en cuenta que se enfrentaba al dios de la guerra, es decir, a un rival imposible de vencer en un combate cuerpo a cuerpo. Hefesto debía buscar, por tanto, otro método más hábil y práctico.

Y fue así como el ingenio del "ilustre cojo de ambos pies" se agudizó en extremo. Y concibió un plan a su propia medida, lleno de arte e imaginación. A tal efecto, se dispuso a mezclar metales de diversas propiedades y procedencia para fabricar una red de textura invisible que tenía, no obstante, el poder de inmovilizar a quienes cayeran atrapados bajo su imperceptible y fina malla. Así ocurrió cuando la red cayó sobre los cuerpos desnudos de los dos amantes. Al punto, Hefesto corrió a avisar a todos los demás dioses del Olimpo para que contemplaran el amancebamiento de ambos amantes. La reacción de todos ellos no se hizo esperar y no fue otra más que una carcajada atronadora, a la vez que no dejaban de fijar su vista en el bello cuerpo de Afrodita. Sin embargo, ella sintió tal vergüenza que, en cuanto se vio libre, huyó de aquel lugar y de aquel amante.

El agradecimiento de Hefesto hacia las nereidas que le salvaron la vida, después de ser rechazado por sus padres, no tuvo límites. Siempre que se le presentó la ocasión, accedió con gusto a sus peticiones. Unas veces fabricaba las armas que ellas le pedían para algún héroe, mientras que otras las construía cualquier objeto que necesitaran, hermosos cetros, collares, tronos o coronas de incalculable valor.

El propio Hefesto nos describe así los hechos: "Me vi arrojado del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hijas de Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas de bronce -broches, redondos brazaletes, sortijas y collares- en una cueva profunda, rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente del océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaran. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida.”

Estas palabras demuestran que Hefesto estaba muy agradecido a sus protectoras, las ninfas del mar, y por ello cumplió fielmente el encargo que Tetis le encomendó con grandes muestras de preocupación. Ésta había acudido al palacio del "ilustre cojo de ambos pies" para hacerle partícipe de su pena y para rogarle que fabricara una armadura para su hijo, el valiente Aquiles. El gran cantor Homero relata, de forma lírica, el encuentro de Tetis y Hefesto y las súplicas que ésta le dirige para que su amado hijo Aquiles cese en su cólera: "Tetis llegó al palacio imperecedero de Hefesto, el cual brillaba como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de bronce y lo había edificado El Cojo en persona.”

A continuación el insigne poeta relata la forma en la que Tetis hace su desesperada petición a Hefesto: "Yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, grebas ajustadas con broches y coraza; pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los teucros y Aquiles yace en tierra con el corazón afligido.”

Dado que Tetis acompañaba estas palabras con un llanto incontenible, Hefesto se dispuso a trabajar inmediatamente: "Dejando a la diosa se encaminó hasta los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajaran. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra lo requería.”

A continuación, y según sigue explicando Homero, "el dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.

Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.

Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí, las estrellas que el cielo coronan...

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra.

Representó también una blanda tierra, un campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez...

Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavillas los espigadores...

También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas aparecían cargadas de negros racimos.

Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño y salían del establo mugiendo para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un cimbreante cañaveral.

Hizo también "el ilustre cojo de ambos pies" un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas con techo y apriscos.

Representó, a continuación, a un grupo de mancebos y doncellas ejecutando un hermoso baile; éstas llevaban livianos vestidos de lino y aquéllos se cubrían con hermosas túnicas. Un divino mancebo cantaba, acompañándose con la cítara...

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.

Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hernioso, labrado, con la cimera de oro, que se adaptara a las sienes del héroe...

En cuanto Hefesto le entregó las armas a Tetis, ésta saltó, como un gavilán, llevando la reluciente armadura que “el ilustre cojo” había construido. Y, así, llegó hasta el lugar en el que su hijo velaba al compañero muerto. Con gesto complaciente, le entregó la preciada carga. Las armas labradas produjeron un ruido metálico que asustó a todos los presentes; excepto al valiente héroe que, ensimismado, se dispuso a contemplar la reluciente armadura.

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Re: Hefesto, el dios del fuego

Mensaje  fionagaray el Mar Abr 14, 2009 9:08 am

ya dije que hefesto es mi dios favorito????
me encanta en esos eones.y cuando esta con julian y grace con sus niños..
otra si demos y phobos son hijos de ares y de afrodita.son hermanos de julian ,eros y priapo...que familia numerosa........
jajajjaj
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Re: Hefesto, el dios del fuego

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