// SEGUNDAS OPORTUNIDADES // 1ra PARTE

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// SEGUNDAS OPORTUNIDADES // 1ra PARTE

Mensaje  NaCkyRa el Jue Ene 15, 2009 1:00 pm

Un estremecimiento de deja vu bajó por la columna de Ash mientras caminaba a lo largo del misterioso y nublado pasillo que había esperado no volver a ver nunca más. El reino inferior del Tártaro estaba reservado para aquellos que serían castigados en la otra vida por los crímenes cometidos durante su vida humana.
Los gritos de los condenados resonaban en las paredes, tan negras como la propia alma de Ash. Le daría la razón a Hades, el antiguo dios Griego sabía definitivamente cómo hacer sufrir a la gente.
En momentos como este, Ash odiaba ser un dios. Era insoportable saber que tenía el poder para detener y cambiar las cosas y la profunda responsabilidad de dejar que la naturaleza siguiera su curso. El libre albedrío humano jamás debería ser alterado. Su propia condena era un constante recordatorio de exactamente porqué.
Aún así, la realidad de aquello lo carcomía constantemente. Cómo envidiaba a Artemisa, Hades y a muchos de los otros dioses, que podían ignorar el sufrimiento humano como algo normal.
Pero habiendo sido un humano una vez, Ash no era inmune a eso. Entendía que causaba que las personas tomaran las decisiones que deberían pasar pagando por el resto de la eternidad. Y esa parte humana de sí mismo quería desesperadamente aliviar su dolor.
Era un agridulce regalo el que su madre le había dado cuando tomó la decisión de ocultarle en el mundo humano. A día de hoy, no estaba seguro de si debía agradecérselo o maldecirla por eso.
Hoy, quería maldecirla.
“No tienes que hacerlo”
Ignoró la voz de Artemisa en su cabeza. Tenía que hacerlo.
Era el momento.
Ash se detuvo ante un umbral que estaba cubierto por un luminiscente fango. Brillaba como un arco iris de aceite deslizándose en la débil luz. Para su sorpresa, no había ningún sonido que saliera del interior. Ningún movimiento. Era como si el ocupante estuviera muerto.
Pero al contrario de los otros que vivían en el Tártaro, esta persona en particular no podía morir.
Al menos no hasta que Ash muriera y desde que era un dios...
Usó sus poderes para abrir la puerta sin tocarla.
Estaba completamente oscuro dentro de la sucia y pequeña habitación. Horrorosas imágenes de su pasado humano lo golpearon ante la visión. Emociones profundamente enterradas lo desgarraron con dagas de dolor que le laceraron el corazón.
Quería escapar de este lugar.
Sabía que no podía.
Apretando los dientes, Ash se obligó a dar los seis pasos que lo separaban del hombre que estaba hecho una bola en una esquina. Una réplica idéntica de sí mismo, el hombre tenía largo cabello rubio enmarañado debido al tiempo que había pasado aquí, sin cepillarlo.
Pero Ash jamás, nunca ,llevaba el pelo rubio voluntariamente. Era un desdichado recordatorio de una época en su pasado que quería malditamente olvidar.
El hombre en el suelo no se movía. Sus ojos estaban firmemente cerrados, como un niño que pensaba que si no hacía ruido, ni se movía, la pesadilla se acabaría.
Ash había vivido mucho tiempo en semejante estado y al igual que el hombre ante él, había rogado repetidamente por la muerte. Pero a contrario que sus plegarias, que no había sido respondidas, las de Styxx tendrían respuesta.
—Styxx —dijo él, su tono grave resonando en las paredes.
Styxx no reaccionó.
Ash se arrodilló e hizo algo que había repugnado a Styxx cuando habían sido hermanos humanos en Grecia. Tocó el hombro de su hermano.
—¿Styxx? —intentó nuevamente.
Styxx gritó cuando Ash se abrió paso a través de los brutales recuerdos de horror que Mnimi, le había dado a Styxx como castigo por intentar asesinarle. Era un castigo con el que Ash nunca estuvo de acuerdo. Nadie necesitaba los recuerdos de su pasado humano. Ni siquiera él.
Pudo oír los pensamientos de Styxx cuando dejaron el pasado de Ash y él recobró el control.
Sabiendo que su hermano estaría disgustado con él, Ash lo soltó y retrocedió.
Como humanos, él y Styxx jamás habían estado unidos. Styxx lo había odiado con una irreflexiva pasión. Por su parte, Ash había agravado ese odio.
La explicación humana de Ash había sido que, si iban a odiarlo de todas formas, entonces les daría a todos una buena razón para hacerlo. Había hecho todo lo posible para repelerlos. Todo lo posible para llevarles la contraria.
Sólo su hermana le había dado bondad.
Y, al final, Ash la había traicionado...
Styxx luchó por respirar cuando se dio cuenta que él no era Acheron.
Soy Styxx. Príncipe Griego. Heredero de...
No, no era el legítimo heredero de nada. Acheron lo había sido. Él y su padre le habían robado eso a Acheron.
Le habían quitado todo.
Todo.
Por primera vez en once mil años, Styxx entendió esa realidad. A pesar de lo que su padre lo había convencido, había sido muy injusto con Acheron.
La diosa Griega Mnimi había tenido razón. El mundo, tal como el Príncipe Styxx lo había visto, había estado cubierto por mentiras y odio.
El mundo de Acheron había sido completamente diferente. Había estado empapado en soledad y dolor y decorado con terror. Era un mundo que jamás había soñado que existiera. Abrigado y protegido toda su vida, Styxx jamás había conocido ni un solo insulto. Jamás había conocido el hambre o el sufrimiento.
Pero Acheron había…
El cuerpo de Styxx tembló incontrolablemente mientras miraba alrededor de la oscura y fría habitación. Había visto un lugar así en los recuerdos de Acheron.
Un lugar que habían dejado alegremente que Acheron enfrentara solo. Sólo que este lugar era más limpio. Menos aterrador.
Y era mucho mayor de lo que había sido Acheron.
Styxx se cubrió sus ojos y sollozó mientras la agonía de aquello lo desgarraba. Sentía las emociones de Acheron. Su desaliento. Su desesperación.
Escuchó los gritos de Acheron pidiendo la muerte. Sus silenciosas súplicas de piedad, silenciosas porque expresarlas sólo empeoraba su situación.
Se elevaban y se burlaban de él desde el pasado.
¿Cuántas veces lo había herido? La culpa lo roía, haciéndole sentirse enfermo por ello.
—Te los quitaré.
Styxx se sobresaltó ante la voz que sonaba idéntica a la suya, excepto por el suave timbre rítmico que marcaba la de Acheron, por los años que había pasado en la Atlántida.
Años que Styxx deseó a los dioses poder volver atrás y cambiar. Pobre Acheron. Nadie merecía lo que se le había entregado.
—No —dijo Styxx calmadamente, con la voz temblando mientras se recomponía—. No quiero que lo hagas.
Alzó la mirada, para ver la sorpresa en el rostro de Acheron.
Fue algo que Acheron rápidamente escondió tras una máscara de estoicismo.
—No hay ninguna razón para que sepas todo eso sobre mí. Mis recuerdos jamás le han hecho bien a nadie.
Eso no era cierto y Styxx lo sabía.
—Si me los quitas, te odiaré de nuevo.
—No me importa.
Sin dudas. Acheron estaba acostumbrado a ser odiado.
Styxx se encontró con esa espeluznante mirada remolinante de su gemelo.
—A mí sí.
Ash no podía respirar debido a las crudas emociones que sentía mientras observaba a Styxx ponerse de pie.
Eran tan parecidos físicamente y sin aún así eran extremos opuestos en lo que concernía a su pasado y a su presente.
Todo lo que tenían realmente en común era que ambos eran herederos añorados. Styxx lo era para heredar el reino de su padre, mientras que Acheron había sido concebido para destruir el mundo.
Era un destino que ninguno de los dos había cumplido jamás.
Para protegerlo de la furia de los dioses Atlantes que lo querían muerto, la verdadera madre de Ash lo había metido a la fuerza en el útero de la madre de Styxx y entonces había unido sus fuerzas vitales para proteger a Ash. Ash había nacido humano contra su voluntad... y contra la voluntad de su familia adoptiva humana, que de algún modo había percibido que no era realmente uno de ellos.



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