Palas Atenea

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Palas Atenea

Mensaje  Invitado el Lun Mar 30, 2009 6:17 pm

Palas Atenea es la diosa de los guerreros victoriosos, porque en su nacimiento aparece armada y dispuesta para su misión. Atenea sale directamente del cráneo de su padre Zeus y no necesita ningún seno materno que la cobije durante la gestación. Tal vez por eso, Atenea mantenga siempre su condición virginal, no conozca varón, ni tampoco lo necesite. Es una mujer de una sola pieza, sin fisuras ni ataduras familiares; por eso habitualmente se la ve como una divinidad exclusivamente diseñada para la victoria de los suyos, de los hijos de la Hélade.

Sin embargo, con el paso del tiempo, Atenea se va dulcificando y toma un papel más maternal para con sus fieles. Pasa de ser una mujer de acción a una matrona tutelar y se convierte en la diosa guardiana del Estado y de los hogares atenienses, primero, y de todo el área griega, después. Atenea deja de ser la brava diosa que acompaña las expediciones armadas de conquista o de castigo; para alejarse de la zona de combate y mantener permanentemente la guardia contra los enemigos que pueden venir de fuera.

La ciudad, sinónimo del Estado nuclear griego, es su ámbito natural y a ella se dedica su reinado. En la ciudad de también se engloban, mucho más adelante, los que viven y trabajan dentro de sus límites y, por eso, la guerrera Atenea pasa a preocuparse por la suerte de los artesanos y termina por atender a los agricultores que alimentan a sus protegidos ciudadanos.

En honor de ella, como diosa protectora de Atenas, se celebrarán las Panateneas, las fiestas anuales más importantes y brillantes de la ciudad. En ellas, ciudadanos destacados y representantes de todos los territorios ofrecían animales a la diosa. Los sacrificios tenían lugar en el momento culminante de la celebración, con una gran procesión que acababa con la entrega de una nueva túnica bordada o peplos a la estatua de Atenea en el Partenón, su templo principal.

Algunas fuentes relatan que Zeus se empeñó en conquistar a la titánide Metis, a pesar de su actitud esquiva. De hecho, sus intentos para despistar al poderoso dios no hicieron otra cosa que acentuar sus deseos, que después de numerosas artimañas acabaron cumpliéndose.

Metis se quedó embarazada y el destino acabaría interviniendo en la gestación. Los oráculos anunciaron que daría a luz primero a una hembra y luego a un varón que destronaría a Zeus. El poderoso dios recordó que él mismo había cumplido esa profecía al luchar contra su padre Cronos. Sin pensárselo dos veces, se comió a la embarazada. Pero en la curiosa digestión, el feto de la futura Atenea siguió su proceso y, al cabo del tiempo reglamentario, Zeus sintió dolores de parto. Sin saber a qué se debían, se tiró al lago Tritón para aplacar en sus aguas el extraño síntoma. De nada le valió el chapuzón, ahora era la cabeza la que le molestaba más que nunca. Al verlo en tan penosa situación, se acercaron el resto de las divinidades del Olimpo y Hermes diagnosticó certeramente la causa de la jaqueca: un embarazo craneal. Algunos autores cuentan que fue el dios herrero Hefesto el que se apiadó del dolor de Zeus y le abrió el cráneo de un golpe certero. Por la violenta trepanación, en una espectacular arribada al mundo celestial, salió la triunfante Atenea, armada de pies a cabeza y bramando como un soldado embravecido ante las filas enemigas, en vez de llorar como cualquier recién nacido.

Cuando Atenea sale con sus armas de la cabeza de Zeus, su poderoso padre, que tuvo que cuidar a multitud de hijos, decidió abandonar a la niña armada en manos del dios-río Tritón. Este buen dios tomó a la chiquilla bajo su tutela como si fuera otra de sus hijas. En su nueva familia adoptiva, Atenea encontró a su mejor amiga, Palas, la hija de Tritón. Con esta niña de su misma edad vivió los felices días de la infancia. Sólo que su inocencia acabó de un modo terrible: en uno de los muchos combates simulados entre las niñas, Palas estuvo a punto de golpear seriamente a su compañera Atenea; pero Zeus, que no era tan mal padre después de todo, vio la escena y salió en defensa de su hija; entretuvo a Palas con su zurrón; y facilitó que Atenea matara a la distraída Palas sin darse tampoco cuenta de lo que estaba sucediendo delante de sus ojos.

En otras versiones del mito se relata que la diosa Atenea nació en Libia, a la orilla del lago Tritón o Tritonis, y fue recogida por tres ninfas, que se encargaron de su cuidado y educación. Durante uno de los juegos de guerra en los que se entretenía Atenea, como preludio infantil de su vocación de guerrera, con su inseparable compañera Palas, perdió el control de su lanza y alcanzó mortalmente a su amiga. Atenea quedó horrorizada por lo ocurrido y en su escudo, que ya nunca más serviría de juguete, escribió el nombre de Palas. Además hizo que el nombre de su amiga fuera precediendo al suyo; por eso será conocida como Palas Atenea.

Si bien muchos autores afirman que Atenea era hija de Zeus y amiga íntima de Palas, otros proclaman que su padre fue un ser gigantesco y zoomórfico que precisamente también se llamaba Palas. Esta última versión afirma que el progenitor de Atenea era poco agraciado, tenía alas y cuerpo de cabra, como un sátiro volador. Sátiro también en el sentido de hombre lascivo, ya que Palas intentó llegar a mayores con su criatura, sin contar con que la hija era ducha en el combate. Así lo demostró Atenea al quitarse de encima a tan desagradable pariente, para luego desollarle y con su piel de cabra hacerse una bolsa. Desde entonces llevó sobre sus hombros tanto la bolsa como las alas del derrotado e incestuoso violador. Parece que este mito es más bien un producto libio similar al de la diosa Neith.

Otras veces se dice que Posidón era el padre de Atenea, pero que ella, poco contenta de tener tal progenitor, un día, decidida, se fue hacia el supremo Zeus y le pidió ser adoptada por él, cosa que hizo sin dudar el buen dios y tío carnal. A partir de esa adopción, el resto de la historia se mantiene en las líneas generales del mito clásico. También se narra la pugna entre Posidón y Atenea por el patrocinio de Atenas. La disputa llegó a convertirse en cuestión de Estado en el Olimpo y terminó en votación entre los dioses, para ver a quien se adjudicaba su tutela. Durante el recuento de los votos se vio rápidamente que los dioses apoyaban a Posidón y las diosas a Atenea. Ganó, por tanto, la mayoría de mujeres divinas por un único y definitorio voto y Atenea se quedó a perpetuidad con la codiciada plaza. Lo que sí es una constante en la mitología es el enfrentamiento entre Atenea y Posidón, sea como sea la historia que se tome como referencia, y que, alegando ese divino voto sexista, se justificara que en la ciudad de Atenas las mujeres se quedaran sin derecho a voto, para evitar que obtuvieran una nueva victoria electoral.

Otra versión de esta disputa entre Posidón y Atenea por obtener la protección de Atenas y de la región circundante, llamada Ática, afirma que fueron los hombres, es decir, los atenienses, los que propusieron a las dos divinidades que inventaran un regalo práctico y que el mejor obtendría tal protectorado. Posidón golpeó la Acrópolis con su tridente y del punto en el que había golpeado brotó una fuente de agua salada o el primer caballo, según autores distintos. Por su parte, Atenea tocó la Acrópolis con su lanza y creó el olivo, origen del aceite para iluminar, cocinar y perfumarse. Encantados con este invento, se eligió a Atenea como protectora y para aplacar a Posidón, que se vengó inundando la llanura que rodea la ciudad, decidieron rendirle culto también a él. Por eso, en la época clásica se mostraba a los visitantes de la Acrópolis el olivo sagrado y la supuesta señal dejada por el tridente de Posidón.

En todas las interpretaciones que se han escrito sobre la gestación de Atenea se repite el dato de que Libia es el lugar de origen del mito. Digamos que la Libia clásica es un gran territorio, de cara al Mediterráneo, que arranca justo en el delta del Nilo y que se extiende indefinidamente hasta llegar a la Numidia, situada en lo que ahora es Libia y Túnez. Es posible el intercambio de divinidades entre Grecia y Libia porque desde la costa, en la que hoy se sitúa Egipto, a través de Creta, hubo un cruce de rutas muy importante, en el centro mismo del mundo civilizado de la época, donde la confluencia de viajeros y comerciantes abrió una continua vía de comunicación cultural y religiosa.

Platón cuenta que Neith, diosa libia, es la base sobre la cual se construye la versión griega de Atenea. Naturalmente, entre la iconografía egipcia se pueden encontrar muchas imágenes de Neith, relativas al culto oficial faraónico, semejantes a las griegas. Otros autores también señalan el origen libio de Atenea comparando los ritos de las divinidades. Entre ellos figura la lucha sagrada anual entre las sacerdotisas de Neith, como la forma de acceso a la posición de sacerdotisa máxima. Se trataba de una recreación de la muerte de una inocente niña que desencadena la aparición de una divinidad guerrera, porque se entiende que hay que pasar por ese trámite inicial con desenlace fatal a modo de elección de la futura deidad por parte del destino.

La virginal Atenea recibió en muchas ocasiones el requerimiento amoroso de algunos dioses, pero siempre se mantuvo fiel a su idea inicial de ser virgen por vocación. Ese fue uno de los deseos más importantes de su vida, porque comprendía que su nacimiento marcaba su destino y en él el sexo no había existido.

Pero además vivirá una experiencia con Hefesto que ratificará su decisión. Ocurrió cuando Atenea se encontraba buscando armas para intervenir en Troya. Zeus había declarado solemnemente que no iba a tomar partido por ninguno de los dos bandos. Palas Atenea decide respetar la sagrada voluntad paterna y se dirige al dios de la fragua, a Hefesto, para que él sea el forjador de su arsenal. Hefesto acepta el encargo, pero además no puede evitar enamorarse de la gentil y decidida diosa. A pesar de su fealdad, Hefesto ha sido el marido de la bella entre las bellas, de Afrodita, y aunque su matrimonio resultó poco satisfactorio, piensa que con Atenea podría encontrar la verdadera felicidad. Por eso, al hablar del precio a pagar por el trabajo, Hefesto indica sinceramente que le basta con su amor, mientras que ella interpreta tales palabras como un cumplido sin importancia.

Sin embargo, Posidón pensó que este encuentro le iba a permitir vengarse de su tradicional enemiga Atenea. Así que contó a Hefesto que en realidad la deidad, con la excusa de las armas y con la aprobación de Zeus, buscaba ser poseída brutalmente por un dios como él. Al oírla entrar en la forja, y sin dudarlo un momento, Hefesto se lanzó sobre la virgen, consiguiendo que la diosa reaccionara sorprendida e indignada ante tal ataque. Él, que ya no respondía nada más que a las pulsiones sexuales, acabó eyaculando contra el muslo de su amada. La asqueada Atenea se limpió el muslo con unos vellones de lana que acertó a encontrar en la forja. Después, contrariada por la desagradable experiencia, los arrojó al suelo, pensando que así daba por zanjado el incidente. En realidad lo que consiguió involuntariamente fue que el esperma del avergonzado Hefesto en contacto con la tierra originara el nacimiento de Erectonio.

Gea, la Tierra, recibió el esperma de Hefesto que Atenea se limpió en su muslo y quedó automáticamente preñada, aún a su pesar, por esas casualidades del destino. Gea dejó claro desde el principio que no estaba dispuesta a cargar con ese producto del malentendido provocado intencionadamente por Posidón. Así que Atenea, sintiéndose una parte responsable del incidente, tomó la decisión de hacerse cargo de la criatura.

Cuando nació Erectonio, Atenea lo sacó del Olimpo, sobre todo para evitar que Posidón siguiera con la idea de hacerle la vida imposible ahora por medio de su hijo adoptivo. El bebé fue llevado a la corte del rey Cécrope, donde llegó al trono de Atenas como sucesor de su padre adoptivo. Erectonio adquirió fama de ser cauto y prudente en su reinado, a medio camino entre dioses y héroes, además de por administrador perfecto e innovador en las leyes de la religión y de la política.

Erectonio en muchos casos aparece representado como una serpiente, por su vinculación a la tierra. Los tebanos contaban que Cadmo, fundador de Tebas, mató a una gran serpiente en el emplazamiento de la futura ciudad. Cogió los dientes del reptil, los plantó en el suelo y de ellos surgieron hombres armados que lucharon entre sí hasta que sólo quedaron cinco. Se llamaban los Esparti, <<hombres sembrados>>, y de ellos descendían las familias nobles de Tebas.

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